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EL VALOR DE LA SANGRE DEL SEÑOR JESUCRISTO

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Porque yo por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios. Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. (Gá. 2:19-20)

EL Apóstol Pablo no declara aquí algo especial o singular, o un nivel más elevado del Cristianismo. Creemos que está presentando la norma de Dios para un cristiano, lo que puede resumirse en las palabras: Ya no vivo yo, mas Cristo vive Su vida en mí. Dios lo aclara bien en Su Palabra, la que tiene una sola respuesta a toda necesidad humana: Su Hijo Jesucristo. Nos ayudara muchísimo y os librara de gran confusión el mantener constantemente delante de nosotros el hecho de que Dios contestara a todas nuestras preguntas de la misma manera, vale decir, revelándonos cada vez mejor a Su Hijo.

Lo primordial es que tenemos un conocimiento básico del hecho de la muerte del Señor Jesús como nuestro sustituto sobre la Cruz, y una clara comprensión de la eficacia de su Sangre en lo que hace relación a nuestros pecados, porque sin estas premisas no podemos pretender iniciar nuestro camino. Solamente en la medida en que el Espíritu Santo me haga conocer a mí el valor que para Dios tiene la Sangre de Cristo, podré yo entrar en sus beneficios y descubrir cuan preciosa es, de veras, aquella Sangre para mí.

Hay vida en la Sangre, y esa Sangre tiene que ser vertida por mí, por mis pecados. Es Dios quien pide que sea así. Es Él quien pide que esa Sangre sea presentada a fin de satisfacer Su propia justicia, y El mismo quien dice: “Cuando vea la sangre pasare de vosotros”. La Sangre de Cristo da plena satisfacción a Dios. El Espíritu Santo me hace conocer ahora el valor que Dios le da a la Sangre de Cristo de la cual soy beneficiario, y así descubro cuan preciosa es la Sangre para mí.

Como es aquí donde a menudo hallamos dificultades, quiero decir al respecto algunas palabras a mis jóvenes hermanos en el Señor. Cuando incrédulos probablemente nunca habíamos sido inquietados por nuestra conciencia hasta el día en que la Palabra de Dios empezó a despertarnos. Nuestra conciencia hasta entonces había estado muerta. Y los que tienen conciencia muerta no son por cierto de utilidad alguna a Dios. Pero más tarde, cuando creímos, nuestra conciencia al despertar pudo haberse tornado sumamente sensible, lo que también puede por su parte, constituir un grave problema para nosotros. Es cuando el sentido del pecado y de la culpa llega a ser tan terrible que puede hacernos perder de vista la verdadera eficacia de la Sangre. Cuando nos parece que nuestros pecados son tan reales –y quizá algún pecado especial nos llega a molestar en grado tal que concluimos por ocuparnos más de nuestros pecados que de la sangre de Cristo.

Ahora bien, la dificultad de todo ello reside en nuestro intento por palparlo: tratamos de conocer en forma subjetiva lo que la Sangre es para nosotros y de sentir su valor. Pero no podemos hacerlo; ella no obra en esa forma. La Sangre es en primera instancia, para ser apreciada de Dios. Después lo que resta a nosotros es aceptar la estima con que Dios la valora. Al hacerlo así, hallaremos nuestra propia valoración de la Sangre. Si lo intentamos por vía de nuestros sentimientos, no arribaremos a nada, quedaremos a oscuras. De modo que no es así, sino que se trata de fe en la Palabra de Dios. Tenemos que creer que la Sangre es preciosa para Dios, porque Él lo dice en: (1 P. 1:18,19). Si Dios puede aceptar la Sangre como pago por nuestros pecados y como el precio de nuestra redención, luego podemos estar seguros de que la deuda ha sido saldada. Si Dios está satisfecho con la Sangre, entonces la Sangre tiene que ser aceptable.
Nuestra valoración depende de la suya ni más ni menos. No puede ser mayor, ni debe ser menor. Recordemos que Él es santo y justo, y que un Dios santo y justo, tiene derecho de decir que la Sangre es aceptable a Sus ojos y que le ha satisfecho plenamente.

Pero ocurre en la práctica que nosotros aceptamos muy fácilmente la acusación de Satanás. La razón de ello está en que aun nos aferramos a la esperanza de tener alguna justicia propia en nosotros mismos. La base de esta esperanza esta errada. Satanás ha logrado desviar nuestra vista. Con ello ha ganado ventaja, haciéndonos ineficaces. Pero si nosotros hemos aprendido a no poner confianza alguna en la carne, no nos sorprenderemos al pecar porque la naturaleza misma de la carne es hacer pecado. ¿Entiendes lo que quiero decir? Es a causa de no haber llegado a comprender nuestra verdadera naturaleza, y de ver cuán inútiles somos, que aun sustentamos cierta desconfianza en nosotros mismos, lo que da como resultado que cuando Satanás viene y nos acusa sucumbimos.

Dios es muy poderoso para tratar con nuestros pecados; pero no puede hacerlo con un hombre que acepta la acusación de Satanás porque el tal no está confiando en la Sangre. La Sangre habla en su favor, pero él esta mas bien escuchando a Satanás. Cristo es nuestro abogado, pero nosotros, los acusados, tomamos parte por el acusador. No hemos llegado a admitir que merecemos únicamente la muerte; y que, como veremos enseguida, servimos solo para ser crucificados. No hemos llegado a reconocer que solo Dios puede contestar al acusador y que Él lo ha hecho ya en la Sangre preciosa.

Así vemos que, en forma objetiva, la Sangre trata con nuestros pecados. El Señor Jesús los ha cargado, llevándolos en la Cruz por nosotros, como Sustituto nuestro, habiendo logrado así, para nosotros, el perdón, la justificación y la reconciliación. Pero debemos avanzar un paso más en el plan de Dios para entender como procede Él con el principio del pecado en nosotros. La Sangre puede lavar mis pecados, pero no puede lavar mi “viejo hombre” Se hace necesaria la Cruz para que yo sea crucificado.

Nosotros estamos siempre dispuestos a creer que efectivamente lo que hemos hecho es muy malo, pero que nosotros mismos no lo somos tanto. Dios, por su parte, se empeña en mostrarnos que nosotros mismos somos malos, radicalmente malos. La raíz del problema es el pecador mismo; por tanto, hay que proceder con él. La sangre procede con nuestros pecados, pero la Cruz debe tratar con el pecador. La sangre procura el perdón por lo que hemos hecho; La Cruz procura nuestra liberación de lo que somos.
AMÉN.